JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿No he de querer? —replicó Andrea saltando con ligereza sin tocar el estribo del coche.
—Bien —dijo el barón—; pero yo, que me rÃo de estas diversiones, os aguardo aquÃ.
El pueblo, que cuando ninguna pasión le irrita, mira siempre respetuosamente esa reina suprema que se llama hermosura, se abrió para dejar paso a los dos hermanos, y un buen ciudadano, poseedor con su familia de un banco de piedra, hizo separar a su mujer y a su hija para que Andrea pudiera colocarse entre ellas.
Púsose Felipe a los pies de su hermana, y esta descansó una de sus manos en el hombro del joven.
Gilberto los habÃa seguido, y colocado a cuatro pasos de los dos hermanos, devoraba a Andrea con los ojos.
—¿Estás bien? —preguntó Felipe.
—Muy bien —respondió Andrea.
—Ya ves cuánto vale ser bonita —dijo sonriendo el barón.
—SÃ, en verdad, muy bonita —murmuró Gilberto.
Estas palabras las oyó Andrea, pero como si hubiesen salido de la boca de un hombre cualquiera del pueblo, no hizo más caso de ellas que un Ãdolo de la India del homenaje que deposita a sus pies un pobre paria.