JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Manifestada por Felipe aquella inquietud que comenzaba a revelar el gentÃo con sus oscilaciones y gritos, brotó un torbellino de llamas del bastión sobre el cual se hallaba colocada la manga de cohetes voladores y la reserva de los fuegos artificiales. Un espantoso ruido semejante al de cien truenos cruzándose en todas direcciones, retumbó en la plaza, y como si aquel fuego ocultara una metralla devoradora, puso en derrota a los más próximos curiosos, que sintieron por un instante en el rostro el calor de aquella llama inesperada.
—Los cohetes voladores, ¡ya, ya…! —gritaron los espectadores más distantes—. TodavÃa no: ¡es bastante pronto!
—¡Ya, ya! —repitió Andrea—. ¡Oh!, es demasiado pronto.
—No —repuso Felipe—, no son los cohetes, es una desgraciada ocurrencia, que como las olas del mar, va a poner en desorden en un segundo a todo este gentÃo que todavÃa se encuentra tranquilo. Ven, Andrea, vámonos al coche.
—¡Oh!, ¡esto es tan hermoso! Felipe, permÃteme ver más.