JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No perdamos tiempo, Andrea, sÃgueme. He ahà la desgracia que yo preveÃa. Un cohete perdido ha pegado fuego al bastión. Allá abajo se está estrujando la gente. ¿Escuchas los gritos? No son gritos de alegrÃa, sino de dolor. Pronto, pronto al coche. Señores, señores, dejadnos pasar.
Y rodeando con su brazo el talle de Andrea, Felipe la condujo hacia el lado de su padre, que, intranquilo y presintiendo por los clamores que oÃa, un peligro de que no podÃa darse cuenta, pero cuya existencia estaba demostrada, sacaba su cabeza fuera de la portezuela y buscaba con la vista a sus hijos.
Era ya demasiado tarde, y se confirmaba la predicción de Felipe. La manga, compuesta de quince mil cohetes, se inflamó escapándose en todas direcciones y persiguiendo a los curiosos, como esas banderillas de fuego que se clavan a los toros para excitarlos a la pelea.