JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico En su rostro, que demostraba toda la viveza del tipo meridional, se percibía una extraña reunión de fuerza y astucia: su mirada, que podía expresar todas las sensaciones, despedía, al fijarse en alguno, dos rayos de luz que parecían querer llegar hasta el alma. Y sus morenas mejillas demostraban haber sido quemadas por un sol más ardiente que el nuestro. Por último, su boca grande, pero de una forma bellísima, dejaba ver al abrirse una doble hilera de perfectísimos dientes, que aparecían más blancos por el contraste que hacían con el color moreno de su cutis. El pie era elegante, aunque largo, y la mano pequeña, pero nerviosa.
No habría aún andado diez pasos en medio de la oscuridad del bosque el desconocido que acabamos de retratar, cuando percibió presurosas pisadas hacia el lugar donde había dejado su caballo. En el primer momento pensó retroceder; pero se contuvo: mas no pudiendo resistir al deseo de conocer la suerte de Djerid, se empinó sobre las puntas de los pies, dirigiendo su vista al través de las ramas, y vio que había desaparecido, desatado quizá del árbol por alguna mano invisible.
La frente del viajero se plegó ligeramente, y algo parecido a una imperceptible sonrisa, asomó a sus labios.
Luego continuó tranquilo su camino hasta el centro de la selva.