JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Reflejábanse todas las dolorosas impresiones en aquellos rostros pálidos y desencajados, desde la desesperación de los que hallaban el cadáver de una persona amada, hasta el sombrÃo temor del que, infortunado en sus pesquisas, lanzaba desolado ávidas miradas hacia el Sena, que arrastraba sus aguas murmurando tristemente.
Circulaba la voz de que el prebostazgo de ParÃs habÃa ya ordenado arrojar al rÃo gran porción de cadáveres, pues culpable de la imprudencia que le atribuÃan, trataba de ocultar el inmenso número de vÃctimas que sus desaciertos habÃan causado.
Y los desgraciados que se habÃan empapado inútilmente en la contemplación de aquel espectáculo, después de agotar en balde sus esfuerzos; después de haber metido en el Sena hasta sus rodillas, con el alma desgarrada por la angustia que les ofrecÃa el rápido curso de aquel rÃo que arrastraba sus más dulces esperanzas, se retiraban con la linterna en la mano a registrar las calles contiguas a la plaza, en las cuales se aseguraba que muchos heridos habÃan buscado asilo, a fin de proporcionarse algunos recursos y huir del abominable teatro de sus torturas.
Y para calmar su desgracia, al hallar entre los cadáveres el objeto ansiado, mil gritos de dolor sucedÃan a la fatal sorpresa, y los sollozos de un punto respondÃan envueltos en tristÃsimos ayes a los sollozos de otros veinte.