JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Al observar esos horrores tiemblo, porque la destrucción me ha causado siempre una repugnancia que jamás he podido vencer.
—Esta mañana me ocurrÃa lo mismo, pero he concluido por acostumbrarme ya. Ahà tenéis un joven de dieciséis a dieciocho años, que sin duda ha muerto de sofocación, pues no se le ve herida alguna. ¿Es acaso el que buscáis?
—No, no es él: el que busco es más joven, con cabellos negros y el rostro pálido.
—¡Oh!, todos son lo mismo esta noche —replicó Felipe.
—Próximo estamos ya al Guardamueble, que ciertamente no ofrece pocos vestigios de la pasada lucha: sangre en los muros, despojos entre los barrotes de hierro, pedazos desgarrados de trajes pendientes de las lanzas del enverjado… Ya no sabe uno dónde encaminarse.
—Por aquÃ, por aquà estaba el mayor peligro —murmuró Felipe.
—¡Cuánta desgracia!
—¡Ah! ¡Dios mÃo!
—¿Qué hay?
—Un trozo de tela blanca debajo de estos cadáveres… mi hermana llevaba un traje blanco… Por piedad, dejadme vuestra luz.