JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico En efecto, Felipe se habÃa ya apoderado de una tira de seda blanca, pero tuvo que abandonarlo, pues sólo podÃa servirse de una mano, y la necesitaba para sostener la linterna.
—Pertenece esto a un vestido de mujer, y está entre las manos de un joven… es muy parecido al traje de Andrea… ¡Dios mÃo…! ¡Andrea…!, ¡hermana mÃa…!
Y el joven lanzó un grito desgarrador.
Se aproximó entonces el anciano, y exclamó triste y dolorosamente:
—¡Él es!
Estas palabras despertaron la atención del joven.
—¡Gilberto! —gritó Felipe.
—¡Cómo!, ¿le conocéis?
—¿Es Gilberto a quien buscáis?
Estas dos palabras se cruzaron a un tiempo en el espacio.
El anciano cogió la mano de Gilberto, pero la halló helada.
Entretanto, Felipe le desabrochaba el chaleco, y poniéndole la mano sobre el corazón:
—¡Pobre Gilberto! —exclamó.
—¡Hijo mÃo! —exclamó el anciano sollozando.
—¡Oh!, aguardad… respira… vive… os digo que vive —interrumpió Felipe.
—¿Estáis seguro?