JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —SegurÃsimo: su corazón palpita.
—Es verdad… ¡socorro!, ¡socorro! —gritó Rousseau—; allá abajo hay un cirujano.
—Sin perder tiempo auxiliémosle nosotros mismos: ya he acudido a ese hombre, y ha sido en vano.
—Pues os juro que tendrá que curar a mi hijo —gritó el anciano exasperado—. Ayudadme a conducirlo.
—Puedo servirme de un brazo sólo, pero está a vuestra disposición.
—¡Oh!, aunque soy muy viejo, confÃo que el cielo me prestará fuerzas. Vamos.
Juan Jacobo cogió a Gilberto por los hombros, el joven le abarcó con su brazo izquierdo las piernas, y de este modo lo transportaron hasta el grupo que presidÃa el médico.
—¡Socorro!, ¡socorro! —gritó el anciano.
—¡Primero los hombres del pueblo! —contestó el cirujano, fiel a su propósito, y convencido de que al expresarse asÃ, excitaba la admiración de los que le rodeaban.
—Traigo un hombre del pueblo —repuso Juan Jacobo con energÃa, aunque contagiado hasta cierto punto de la admiración que producÃa en su rededor el absolutismo del cirujano.
Este contestó:
—Pues bien, las mujeres primero, porque los hombres tienen más fuerza para resistir el dolor.