JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Me parece que bastará una sangrÃa —observó el anciano.
—¡Cómo!, ¿todavÃa estáis aquÃ, caballero? —preguntó el facultativo, viendo a Felipe antes de fijarse en su compañero.
Guardó silencio el hijo del barón, y el anciano, creyendo que aquellas palabras se dirigÃan a él, replicó:
—Yo no soy caballero, sino un hombre del pueblo: me llamo Juan Jacobo Rousseau.
El facultativo exhaló un grito de sorpresa, y haciendo una señal imperativa agregó:
—Paso, paso al observador de la Naturaleza, paso al emancipador de la humanidad, paso al ciudadano ginebrino.
—Gracias, gracias —contestó Rousseau.
—¿Os ha sucedido alguna desgracia?
—A mà no, pero examinad a este joven.
—¡Ah!, vos también, lo mismo que yo, representáis la causa de la humanidad.
El anciano se conmovió por aquel inesperado triunfo, y únicamente pudo articular algunas palabras casi ininteligibles, y Felipe, lleno de respeto al verse en compañÃa del filósofo a quien tanto admiraba, se apartó a un lado.