JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Gilberto, que seguÃa privado de la razón, fue colocado sobre una mesa entre Rousseau y otras personas, y el primero empezó entonces a examinar el sujeto cuyos auxilios facultativos habÃa solicitado. Era un joven poco más o menos de la edad de Gilberto, pero sin el menor rasgo que revelase su juventud: su rostro cadavérico estaba tan ajado como el de un viejo; sus párpados sin vigor, encubrÃan unos ojos de serpiente, y tenÃa la boca torcida como los epilépticos cuando se encuentran acometidos de su mal.
Con las mangas remangadas hasta los codos y con los brazos llenos de sangre y revueltos en trozos de carne humana, más parecÃa un verdugo en el ejercicio de sus bárbaras funciones, entusiasmado con su oficio, que un facultativo realizando su triste y santa misión.
Sin embargo, el nombre de Rousseau habÃa ejercido en su ánimo tan poderoso influjo, que por algunos instantes pareció que renunciaba a su brutalidad ordinaria; levantó con suavidad la manga de Gilberto, oprimió su brazo con una venda, y picó la vena. Comenzó a salir la sangre gota a gota, pero al cabo de tres o cuatro segundos brotó ampliamente aquel licor puro y generoso de la juventud.
—Vamos, vamos, se salvará —exclamó el cirujano—, pero es preciso mucho cuidado, porque el pecho ha padecido mucho.