JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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El barón agregaba a su complexión poco sensible el ser hombre de acción, y sabido es que en las grandes crisis de la vida, esta clase de temperamentos se rigen siempre por la máxima de César: Age quod agis[25].

No diremos, pues, que M. de Taverney se acababa de portar como egoísta, limitándonos, sin embargo, a asegurar que había estado distraído.

Pero cuando ya se vio sobre la tierra firme del bulevar, dueño de sus movimientos, al ver que afortunadamente se había salvado de la muerte para entrar de nuevo en la vida, y que era uno de aquellos a quienes la Providencia había extendido su mano protectora y misericordiosa, el barón lanzó un grito de satisfacción, al cual contestó con otro grito; pero mucho más débil que el primero, era, a no dudarlo, ocasionado por el dolor.

—¡Hija mía…! —exclamó—, ¡hija mía…! Y quedó inmóvil, con los brazos caídos, cabizbajo, fija la vista en el suelo, reuniendo sus recuerdos y pensando en todos los pormenores de tan cruel separación.

—¡Pobre caballero! —exclamaron a su lado algunas compasivas mujeres; y poco después formóse en torno suyo un círculo de desgraciados o venturosos, cuya única ocupación, cuyo más vehemente deseo consistía en quejarse y preguntar.


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