JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico ¿Andrea tal vez no se encontraba en compañÃa de su hermano Felipe, protegida por su brazo y lejos de aquel vasto cementerio, que sólo repetÃa sollozos y plegarias de los vivos, sirviendo de amplia y funeraria sabana a los muertos?
Que él, hombre débil, vacilante anciano, hubiese cedido al torrente de la multitud, nada tenÃa de particular; pero Felipe, aquella naturaleza ardiente y vigorosa; Felipe, cuyos músculos eran de acero, que podÃa conceptuarse como responsable de la vida y la seguridad de su hermana… ¡Oh!, era imposible: Felipe habÃa seguramente luchado y vencido.
A fuer de buen egoÃsta, el barón creÃa dotado a su hijo de todas las cualidades de que el egoÃsmo carece, y que excluye con gusto de la naturaleza de sus propios individuos, conceptuando fuertes, generosos y valientes a los demás: para el egoÃsta no dejan de serlo también otros, sus adversarios, sus enemigos, todos los hombres que no poseen las mencionadas cualidades, porque se le figura que le arrebatan las ventajas que cree tener él solo derecho a sacar de la sociedad.