JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Ya tranquilo M. de Taverney por la fuerza de sus propios e interesados raciocinios, dedujo enseguida, naturalmente, que Felipe había salvado a su hermana, que tal vez perdería también algún tiempo buscando a su padre para evitarle aquel infierno; pero que, según todas las probabilidades, habría vuelto a tomar el camino de la calle Coq-Heron acompañando a su hermana, que estaría muy asustada por las ocurrencias de la noche.

Bajando por la calle del Convento de Capuchinos, llegó a la plaza de la Conquista o de Luis el Grande, llamada hoy de las Victorias; mas no bien llegó a veinte pasos de su morada, cuando Nicolasa, que estaba como de centinela en el umbral de la puerta hablando con algunas comadres, exclamó:

—¿Y el señor Felipe? ¿Y la señorita Andrea? ¿Qué les ha sucedido?

Ya todo París sabía, por los primeros fugitivos, la catástrofe de aquella noche, aumentada por el terror.

—¡Dios mío! —exclamó el barón algún tanto conmovido—, ¡pues qué!, ¿no han vuelto?

—No, señor, no han vuelto por aquí.

—Habránse visto precisados a rodear por otras calles —repuso el barón cada vez más trémulo, según iban desapareciendo los cálculos de su lógica.


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