JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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No pudo, por consiguiente, hacer otra cosa que agitarse acompañado de Nicolasa que sollozaba, y de La-Brie que levantaba las manos al cielo.

—¡Ah!, ya llega el señorito Felipe —gritó Nicolasa con un acento de terror imposible de describir, observando que el hijo del barón se adelantaba solo, desesperado, muerto de cansancio entre las tinieblas de la noche.

—Mi hermana, ¿ha venido? —preguntó tan pronto como hubo divisado el grupo que obstruía el umbral de la puerta.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! —exclamó con acento lleno de angustia el barón que no acertaba a dar un paso.

—¡Andrea! ¡Mi pobre Andrea! —exclamaba el joven acercándose con lentitud—, ¿dónde está?

—No la hemos visto, no está con nosotros —contestó Nicolasa llorando con desconsuelo—, ¡querida señorita! ¡Ay qué desgracia!

—¡Y te atreves a presentarte sin ella! —gritó el barón con una cólera tanto más injusta, cuanto que ya conocemos los resultados de su inflexible lógica secreta.

Por única respuesta Felipe se acercó a él y le mostró su rostro ensangrentado y su brazo roto y pendiente de su cuerpo como una rama inútil y muerta.


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