JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Cielo santo! —exclamó Taverney—, ¡Andrea! ¡Infeliz Andrea!
Y apenas pudiendo sostenerse, se dejó caer sobre el banco de piedra contiguo a la puerta.
—La encontraré viva o muerta —gritó Felipe con doloroso acento.
Y emprendió nueva marcha con desesperada actividad, intentando ocultar su mano izquierda, ayudándose con la derecha, entre los botones de su levita, pues aquel brazo roto le estorbaba para penetrar de nuevo entre la multitud.
Encontró de nuevo en el funesto campo de los muertos, que ya hemos recorrido, a Rousseau, a Gilberto y al terrible cirujano empapado en sangre, que más se asemejaba a un ser infernal, mensajero de los horrores de aquella noche, que al genio benéfico que acudÃa al socorro de las vÃctimas.
El hijo del barón anduvo errante mucho tiempo en la plaza de Luis XV, pues no le era posible separarse de las paredes del guardamueble, en cuyas proximidades habÃa sido hallado Gilberto, ni dejar de contemplar aquel pedazo de vestido blanco que el joven habÃa conservado, y estrechaba angustiosamente contra su pecho.