JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Últimamente, cuando los primeros resplandores del dÃa comenzaban ya a iluminar el Oriente, extenuado, viéndose expuesto a caer entre los cadáveres que le estorbaban el paso; más pálido que los mismos muertos, sobrecogido de un vértigo extraño y esperando también como habÃa esperado su padre hallar a Andrea en su casa, dirigióse maquinalmente a la calle de Coq-Heron.
Desde lejos divisó en el umbral de la puerta el mismo grupo que allà habÃa dejado, y pronto conoció que Andrea no formaba parte de él.
—¿Qué noticias traes? —preguntó el barón temblando al reconocerle.
—¡Ah!, ¡conque es verdad que no ha vuelto! —repuso Felipe.
—No, no, no —contestaron a una voz el barón, Nicolasa y La-Brie.
—Pero ninguna noticia, ninguna información, ninguna esperanza…
—Nada, nada…
Extenuado de dolor y cansancio cayó el joven en el banco de piedra, en tanto que su padre exhalaba una exclamación salvaje.
En este instante un fiacre apareció en la calle, se fue acercando poco a poco, y se detuvo al fin en la puerta de M. de Taverney.