JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico A través de los cristales se divisaba la cabeza de una mujer que parecía desmayada: Felipe, excitado con aquella aparición, se incorporó, abrióse la portezuela del fiacre, y un hombre descendió de él, llevando en sus brazos a Andrea, aparentemente inanimada.
—¡Nos la traen al fin, pero muerta!, ¡muerta! —exclamó Felipe cayendo de rodillas.
—¡Muerta! —repitió débilmente su padre—. ¡Ah!, caballero, decidme si es verdad que…
—Señores, no lo creo —repuso tranquilamente el hombre que sostenía a Andrea—, antes bien me parece que esta señorita sólo está desmayada.
—¡Dios mío!, ¡el hechicero! —gritó Taverney.
—¡El señor barón de Balsamo! —exclamó Felipe.
—El mismo, caballeros, y me doy el parabién por haber reconocido a la señorita de Taverney en medio de tan espantoso conflicto.
—¿Dónde la habéis encontrado? —preguntó Felipe.
—Cerca del guardamueble.
—Efectivamente —continuó aquel.
Y, pasando al punto de la alegría a la desconfianza, agregó:
—Muy tarde la devolvéis, señor barón.