JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Caballero —repuso este con tranquilidad—, ya podéis fácilmente suponer el apuro en que he debido encontrarme: ignoraba dónde vivÃa la señorita vuestra hermana, y la mandé conducir a casa de la señora marquesa de Savigny, que es amiga mÃa, y habita junto a las caballerizas reales. Allà este mozo que estáis viendo, me ayudaba a sostener a la señorita… aproximaos, Comtois.
Balsamo acompañó sus últimas palabras con una seña, y al punto salió del fiacre un hombre con librea de la casa real.
—Como os decÃa, allà —prosiguió Balsamo—, este honrado mozo, que pertenece a la real servidumbre, reconoció a vuestra hermana por haberla conducido una noche desde la Muette a vuestro domicilio. A su prodigiosa hermosura debe la señorita este feliz encuentro: la hice colocar a mi lado en el fiacre, y ahora tengo el honor de devolveros con todo el respeto debido a la señorita de Taverney.
Cuando concluyó de decir estas palabras, depositó a la joven entre los brazos de su padre y de su doncella.
Taverney sintió brotar por primera vez una lágrima de sus ojos, y aun cuando se asombró interiormente de aquel exceso de sensibilidad, la dejó correr con libertad por sus mejillas. Felipe ofreció a Balsamo la única mano de que disponÃa, diciendo: