JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Fueron oÃdas por Gilberto estas palabras, pero la debilidad no le permitió contestar a ellas tan pronto como deseaba; hizo sin embargo un violento esfuerzo, y volviendo a abrir los ojos dijo:
—No, no; allá arriba… arriba.
—¿Deseáis volver a la buhardilla?
—Con mucho gusto, si os parece bien.
Y concluyó de manifestar más bien con los ojos que con la lengua este deseo, dictado por un recuerdo más poderoso que el dolor, y que en su ánimo era también mucho más vehemente que el raciocinio.
Rousseau, que participaba de los excesos de la sensibilidad, comprendió aquel deseo, pues contestó al punto:
—Hijo mÃo, está bien, os conduciremos arriba. Ya ves, Teresa —dijo a esta—; no quiere incomodarnos.
Con entusiasmo aprobó Teresa la determinación del joven y lo trasladó enseguida a la buhardilla que acababa de solicitar tan explÃcitamente.
Rousseau, a eso de mediodÃa, fue a pasar junto a su discÃpulo el tiempo que otros dÃas solÃa invertir en el arreglo por colecciones de sus vegetales favoritos, y el joven algo más tranquilo, le refirió con voz baja y fatigosa los detalles de la pública catástrofe de la noche anterior, ocultando, sin embargo, el motivo que le habÃa únicamente conducido a la plaza de Luis XV.