JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Es indudable, sÃ, es una imprudencia —repitieron en coro los vecinos.
—Poco a poco, señores —replicó Rousseau—; no hay imprudencia en hacer aquello que no ofrece un peligro patente, y no hay peligro patente en ir a ver unos fuegos artificiales. Si en efecto ocurre en tal caso una catástrofe, los hombres sobre quienes recae no son imprudentes, sino infortunados. Yo creo, señores, que nosotros mismos que ahora murmuramos de los demás, hubiéramos hecho otro tanto.
Gilberto tendió la vista en su rededor, y conociendo que se encontraba en el aposento de Rousseau, trató de hablar; mas el esfuerzo que hizo agolpó su sangre a la boca y a las narices, y el infeliz perdió nuevamente el sentido.
Juan Jacobo, que habÃa recibido acerca del caso varias instrucciones del cirujano de la plaza de Luis XV, no expresó la menor sorpresa, pues esperaba aquel resultado, por cuyo motivo habÃa dispuesto que se colocara al enfermo en un colchón sin sábanas.
—Ea —dijo a Teresa—, ya puede acostarse definitivamente este infeliz.
—¿En dónde?
—Aquà mismo, en mi cama.