JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Gracias —murmuró el joven en tanto que Rousseau salía de la buhardilla.

Aún no había atravesado el umbral, cuando incorporándose Gilberto del mejor modo que le fue posible, se arrastró hasta el ventanillo, desde el cual se descubría la ventana del pabellón de Andrea.

Era mucho esfuerzo para un joven casi extenuado y sin ideas expeditas encaramarse a un taburete, separar el bastidor del ventanillo, y subir hasta la arista del techo: nuestro joven pudo al fin conseguirlo; pero llegado al punto que deseaba, se le nubló la vista, tembló su mano, humedeciéronse de sangre sus labios, y cayó desplomado sobre el piso de la buhardilla.

Se abrió en este momento la puerta y Juan Jacobo entró seguido de M. de Jussieu, al cual dirigía mil cumplimientos.

—Cuidado, cuidado, querido sabio —le decía—, inclinad un poco la cabeza, porque esta habitación… en fin, ya veis que no estamos en un palacio.

—Muchas gracias, no ignoráis que tengo buenos ojos y mejores piernas —repuso el distinguido botánico.

—¡Gilberto! —gritó Rousseau—, este caballero viene a cumplimentaros. ¡Ah!, ¡qué es esto, Dios mío! —añadió el filósofo viendo el lecho vacío—, ¿dónde está? ¡El infeliz se ha levantado!


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