JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Y al ver abierto el ventanillo se disponía ya a dirigir a su discípulo un sermón paternal, cuando incorporándose Gilberto trabajosamente, le dijo con apagado acento:

—¡Tenía tanta necesidad de aire!

No tuvo valor Rousseau para reprenderle, porque en su rostro se reflejaba lo mucho que interiormente sufría.

—Efectivamente —observó M. de Jussieu—, aquí hace un calor insoportable, veamos, joven, veamos; permitid que os tome el pulso, pues también soy médico.

—Y mejor que otros muchos —agregó Rousseau—, porque lo sois del alma y del cuerpo.

—Me honráis demasiado —murmuró el joven débilmente e intentando ocultarse en su cama a las miradas de sus favorecedores.

—Se ha empeñado M. de Jussieu en visitaros —dijo Rousseau—, y he aceptado su ofrecimiento. Vamos, doctor, ¿qué decías de ese pecho?

Palpó el hábil anatómico los huesos y examinó la cavidad por medio de una observación detenida.

—El interior es bueno —contestó—, ¿pero quién diablos os ha estrechado en sus brazos tan fuertemente?

—¡Ah!, señor —repuso Gilberto—, la muerte.

Juan Jacobo miró al joven con admiración.


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