JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Nos parece imposible pintar la rabia y los proyectos que inspiró a Gilberto aquella cariñosa solicitud que convertía en cárcel su buhardilla, pues para ciertas naturalezas la contradicción es fecundísima en recursos.

Desde aquel instante Gilberto no pensó más que en Andrea, en la felicidad de verla y de vigilar, aun cuando fuese desde lejos, los progresos de su convalecencia.

Pero no se asomaba a las ventanas del pabellón la señorita de Taverney. Solamente Nicolasa entraba en él para llevar a la enferma sus tisanas, mientras el barón se paseaba por el jardín tomando tabaco con todas sus fuerzas, como para avivar en su mente pasados recuerdos. Esto es lo que solamente lograba ver Gilberto cuando examinaba con ansia la profundidad de los aposentos y la espesura de las paredes.

Aquellas dos personas, no obstante, le tranquilizaban en parte, porque su presencia indicaba una enfermedad, y no una muerte.

—Allí —murmuraba el infeliz—, tras aquella puerta, o tras aquella mampara, alienta, suspira y sufre la que yo adoro hasta la idolatría, la que con su sola presencia inunda de sudor mi frente y hace temblar todos mis miembros, la que sujeta mi vida a la suya, y la que respira por mí y por ella cuando yo no puedo respirar.


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