JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico »¡Oh, no!; aquí tengo veinte pedazos de bramante, o mejor dicho, pediré a la señora Teresa todos sus bramantes por una sola noche, los anudaré, y cuando llegue sano y salvo a la ventana del primer piso, amarraré a ella mi cuerda y descenderé al jardín.
Se afirmó Gilberto cada vez más en su resolución, y después de haber inspeccionado la canal del tejado, medido la cuerda de que hasta entonces podía disponer, y examinado la altura que le separaba del blanco de sus deseos, se puso a trenzar los bramantes a fin de dar consistencia a la cuerda: después ensayó sus fuerzas colgándose de una viga del desván, y viendo que a pesar de los esfuerzos que hiciera, sólo una vez había arrojado sangre, quedó resueltamente decidida en su mente la expedición nocturna.
Con objeto de engañar mejor a Rousseau y a Teresa, fingió que aún se encontraba muy débil y no se levantó hasta las dos, hora en que, después de haber comido, solía salir el filósofo a paseo, del cual no regresaba hasta la noche.
Manifestó Gilberto que tenía tanto sueño, que probablemente no despertaría hasta el día siguiente, a lo cual respondió Juan Jacobo, que debiendo ir a comer fuera de casa, se alegraba mucho de que su joven discípulo se recogiese tan temprano para recuperar sus perdidas fuerzas.