JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Con las piernas y manos, instrumentos naturales del hombre libre, me sujetaré a las tejas, y siguiendo la canal, muy angosta por cierto, pero recta, y que es por consiguiente el camino más corto de un punto a otro, llegaré, si puedo, a la ventana paralela a la mÃa que cae a nuestra escalera. Si no consigo llegar a ella caeré al menos al jardÃn, todo el mundo se alarmará, saldrán del pabellón, correrán en mi auxilio, me reconocerán y moriré noble y poéticamente, porque excitaré la compasión; este medio es excelente.
»Pero si por el contrario llego, como es de suponer, me deslizo por el ventanillo de la escalera, bajo sin zapatos hasta el piso principal, que también tiene una ventana que da al jardÃn y que se encuentra a quince pies de altura, desde allà salto, y asunto concluido.
»Pero es lo cierto que se agotarán mis fuerzas y mi agilidad, no le hace, hay una espaldera que me servirá de apoyo… pero podrá fácilmente romperse con el peso de mi cuerpo, porque está carcomida, en cuyo caso me desplomaré, y sin perecer noble y poéticamente, tendré que levantarme cubierto de yeso y de barro, con el vestido desgarrado y lleno de vergüenza como le ocurre al ladrón de fruta cuando cae de un árbol… ¡Oh!, esto es terrible. M. de Taverney ordenará que el conserje me solfee la espalda y que La-Brie me estire las orejas.