JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Desde luego comprendió que habiéndole encerrado Rousseau, estaba vencida una de las mayores dificultades, la de entrar en casa de la señorita de Taverney por la puerta, pues esta daba a la calle de Coq-Heron, y encontrándose él encerrado en la de Plastrière, era imposible salir y por lo tanto no tenÃa necesidad de pensar en puertas.
Únicamente le quedaba la ventana de su buhardilla que caÃa perpendicularmente al jardÃn; pero tenÃa cuarenta y ocho pies de altura.
Sólo un borracho o un loco, hubiera tomado la determinación de bajar por ella.
—¡Ah! —exclamaba en su ira—, las puertas son con seguridad una magnÃfica invención. ¡Y el mismo Rousseau, nada menos que un filósofo me las cierra! Fácilmente conseguirÃa hacer pedazos el candado; pero tendrÃa entonces que renunciar a volver a esta casa hospitalaria.
»Haber escapado de Luciennes, escaparme de la calle de Plastrière después de haber huido de Taverney, escaparme de todas partes, es ponerme voluntariamente en la situación de no poder mirar a la cara a alma viviente, sin que todos me acusen de ligereza o de ingratitud. No, no, conviene que no se entere mi protector.
Y ya colocado en el ventanillo prosiguió: