JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Las palabras apreciable joven le ocasionaron menos alegría que terror la amenaza de la visita.

Además, todavía no eran las nueve de la noche, siendo también muy probable que después de cenar cambiase el curso de las ideas de Teresa, y que esta no volviese a acordarse del apreciable joven.

Sin embargo, el tiempo volaba con no poco disgusto de Gilberto, cuando de pronto empezó a conocerse por el olor, que uno de los asados se quemaba. Al momento resonó un grito terrible, un grito de cocinera asustada, que interrumpió la tertulia mujeril, haciendo que todas las vecinas corriesen con precipitación hacia el teatro de la desgracia.

Se aprovechó nuestro joven de la ocupación culinaria de las vecinas, y llegó, sin que le sintiesen, al primer piso.

Observando allí que el plomo tenía la resistencia necesaria para sostener la cuerda, la ató por medio de un nudo corredizo, y subiendo a la ventana, empezó su descenso.

Suspendido se hallaba entre el plomo y la tierra, cuando resonó en el jardín, debajo de su cuerpo, el ruido de acelerados pasos.

Por fortuna tuvo el tiempo necesario para trepar hasta la ventana, cogiéndose a los nudos de la cuerda, y quiso ver quién era el improvisado paseante.


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