JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Por fin llegó al puerto de salvación sin temblar una sola vez y no tardó en deslizarse con arrojo y tranquilidad por la escalera. Mas, al llegar a la primera meseta, vióse precisado a pararse, porque llegaron a sus oídos confusas voces. Eran la de Teresa y las de algunas vecinas que hablaban del talento de Rousseau, de sus libros y de la sublimidad de su música.
Habían ya leído la Nueva Eloísa estas buenas mujeres y declaraban francamente que esta obra no dejaba de ser bastante licenciosa: Teresa les hacía observar, respondiendo a su crítica, que ellas no podían comprender la parte filosófica de tan bellísima producción.
No tenían nada que objetar a esto las vecinas, y desde luego se declaraban incompetentes para dar su dictamen en tan delicada materia.
Esta conversación interesante, tenía lugar desde una meseta a otra de la escalera, pero el fuego de la discusión no era tan activo como el de las hornillas, en las cuales se iban poco a poco disponiendo las sabrosas cenas de las interlocutoras.
Oía el joven los argumentos, y el chirrido de las carnes colocadas al fuego, pero su nombre, pronunciado en medio del ruido que los primeros producían, le produjo una impresión desagradable.
—Después de cenar —decía Teresa—, iré a ver si nuestro apreciable joven de la buhardilla necesita alguna cosa.