JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Introducidos sus pies en un conducto de plomo de unas ocho pulgadas de ancho, que aunque sostenido de trecho en trecho por grapones de hierro cedÃa sin embargo por su blandura bajo el peso del joven; apoyadas las manos en las tejas que, cuando más, podÃan servirle de apoyo para mantener el equilibrio, pero en manera alguna de sostén en caso desgraciado, supuesto que las uñas no hacÃan presa en ellas; tal fue la situación del filósofo Gilberto durante aquella excursión aérea, que duró dos minutos, es decir, dos eternidades.
Gilberto estaba resuelto a no tener miedo, y tal era el poder de su voluntad, que consiguió dominar sus afectos e impresiones. Recordaba haber oÃdo decir a un equilibrista que para andar con acierto por caminos estrechos, es preciso no mirarse los pies, sino dirigir la vista a diez pasos al frente, sin acordarse de que debajo hay un abismo, sino como piensa el águila, esto es, en la convicción de que está en nuestra mano salir con bien de él. Además, Gilberto habÃa ya practicado estos mismos principios en las visitas nocturnas que hiciera en Taverney a Nicolasa, a aquella mujer tan tÃmida entonces, pues se servÃa de puertas y llaves, en vez de chimeneas y tejados.