JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Entonces y sólo entonces, fue cuando el joven se hizo cargo por primera vez de que respiraba con fatiga, y de que bañaba su frente y su pecho un copioso sudor frío, señal indudable de debilidad y de atonía. Le aconsejaba la prudencia que no se aventurase en semejante situación a una expedición en que necesitaba de todas sus fuerzas, de toda la seguridad de sus miembros y sentidos, no sólo para la consecución de la empresa, sino para la conservación del individuo; pero Gilberto nada escuchó de cuanto le ofrecía a la imaginación su instinto físico. La voluntad moral había ejercido más poder sobre su corazón y el enamorado filósofo obedeció a ciegas sus inspiraciones.
Entretanto llegó la hora, Gilberto rodeó a su cuerpo con doce vueltas la cuerda que tenía dispuesta, y con el corazón palpitante empezó a escalar el ventanillo; sostúvose con firmeza en el dintel del mismo, y dio su primer paso en la canal del tejado hacia el ventanillo de la derecha, que, como ya dejamos dicho, era el correspondiente a la escalera, y estaba separado del otro por unas doce toesas de distancia.