JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Por último; entre las idas y venidas de Nicolasa, y las reflexiones de Gilberto, llegó la noche. Pero entonces empezó este a temer una cosa: el imprevisto regreso de Rousseau a su buhardilla; que el filósofo le sorprendiese escalando el tejado o en medio de la escalera, o que, en fin, llegase a conocer que el pájaro había volado. En cualquiera de estos casos, debía estallar violentamente la cólera del ginebrino, y Gilberto trató de evitarla por medio de un billete que escribió y dejó sobre la mesa dirigido al filósofo.
El referido billete estaba redactado en estos términos:
«Mi querido e ilustre protector:
»No forméis de mí mal concepto por haberme tomado la libertad de salir de casa a pesar de vuestros consejos. No puedo tardar en regresar a ella, si es que no me veo expuesto a alguna nueva desgracia, como la que ya he sufrido; pero aun cuando tenga que arrostrar mayores peligros, preciso dejar mi reclusión por dos horas».
—No sé lo que dirá después —pensó Gilberto—; pero al menos estoy seguro de que mi protector estará sin inquietud, y que no se molestará mucho conmigo.
Era la noche sombría y sofocante, como ocurre durante los primeros días de la primavera, y el cielo tan oscuro, que la vista más ejercitada nada podía distinguir en el fondo de aquel negro abismo que tan atentamente registraban las miradas de Gilberto.