JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Después que Gilberto bajó sin el menor contratiempo, no quiso cruzar diagonalmente el jardín; costeó la pared, llegó a un bosquecillo, lo atravesó agachándose, y llegó sin ser visto ni sentido a la puerta que Nicolasa había dejado abierta.
Allí, al amparo de un grande arbusto de hojas medicinales que se extendían sobre la puerta, observó que la primera pieza, antesala bastante espaciosa como él se había imaginado, estaba completamente solitaria.
Se comunicaba dicha antesala con el interior por dos puertas, de las cuales una se encontraba solamente abierta. Gilberto conoció que la abierta era la del aposento de Nicolasa.
Silenciosamente se introdujo en esta habitación, extendiendo las manos por delante para no tropezar con los muebles, pues estaba en medio de la oscuridad más absoluta.
Al extremo de una especie de corredor, veíase una puerta vidrera, que al reflejo de la luz de una pieza contigua, dibujaba los objetos que dentro de esta había: la parte interior de la vidriera estaba cubierta por una cortina.
Al avanzar por el corredor, oyó Gilberto una voz débil que parecía salir de la pieza iluminada.
Era la de Andrea, y toda la sangre de Gilberto se reconcentró en su corazón.