JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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En este tiempo, el pobre La-Brie, que no perdía ni una palabra de las alabanzas que Balsamo a él y a Gilberto tributaba, servía los platos con aire contrito, que se cambiaba en triunfante a cada elogio que el barón hacía de su guisado.

—¡Ni aun siquiera le ha puesto sal! —exclamó el barón luego que hubo devorado dos alones de perdiz servidos por su hija con una amarillenta capa de coles.

—Andrea, ofrece ese salero al señor barón.

Con inimitable gracia obedeció la joven.

—¡Hola!, barón, otra vez os sorprendo examinando mi salero —dijo Taverney.

—Os engañáis —contestó Balsamo—, pues sólo admiraba la mano de esta señorita.

—¡Oh!, ¡es correctamente a la Richelieu! Puesto que reconocéis su mérito desde luego, examinadlo despacio. El regente lo mandó hacer al platero Lucas; representa los amores de los sátiros y bacantes; aunque algún tanto libre, es precioso el cincelado.

Entonces advirtió Balsamo por primera vez que aquel grupo de figurillas, aunque obra del mayor gusto y primor, no era libre, sino obsceno. También observó al mismo tiempo el sosiego e indiferencia de Andrea, que seguía comiendo después de haberle presentado por orden de su padre aquel salero, indiferente y sin sonrojarse.


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