JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Pero como el barón se propusiese levantar aquel barniz de inocencia que cubría a su hija, semejante al vestido virginal de que habla la Escritura, prosiguió refiriendo detalladamente la perfección de aquella obra, a pesar de los esfuerzos de Balsamo por variar el curso de la conversación.
—¡Ea!, seguid comiendo, barón —dijo Taverney, porque os prevengo que no hay más platos. Quizá esperaréis asados e intermedios; desengañaos, o quedaréis completamente burlado.
—Creo —repuso Andrea con su acostumbrada frialdad—, que si Legay me ha comprendido, ya debe haber preparado una torta, cuya receta le he entregado.
—¡Cómo la receta…!, ¡habéis enseñado una receta a vuestra doncella, a vuestra doncella para que guise! Ya no falta más sino que os pongáis vos misma a cocinar. ¿Habéis oído decir en alguna ocasión que la duquesa de Chateauroux, o la marquesa de Pompadour guisasen para el rey? Pues muy al contrario, el rey era quien preparaba para ellas tortillas de huevos… ¡Vive Dios!, ¡que haya de ver yo esto en mi casa…! Barón… os lo ruego… perdonad a mi hija.
—Supongo que es preciso que comamos —contestó tranquilamente Andrea, y dirigiéndose a Legay añadió:
—¿La has hecho?