JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —SÃ, sÃ, porque la impresión que recibà fue terrible y dolorosa. Te repito, por lo mismo —agregó la joven sonriéndose y moviendo la cabeza—, que ando con mucha dificultad apoyándome en los muebles, pues se me doblan las piernas, y a cada paso me parece que voy a caer.
—Vamos, Andrea, vamos, un poco de valor: el aire y esas hermosas flores de que me has hablado, te animarán y dentro de ocho dÃas estarás en disposición de visitar a la delfina, que, según he sabido, se informa de tu salud con la mayor solicitud.
—Felipe, asà lo espero, porque efectivamente, Su Alteza me da mil pruebas de estimación.
Y la joven, al decir esto, recostó la cabeza, apoyó una de sus manos sobre el pecho y cerró los ojos.
Avanzó Gilberto un paso y abrió maquinalmente los brazos.
—Hermana mÃa, ¿qué tienes? —preguntó Felipe estrechando entre las suyas las manos de Andrea.
—Algunas veces me acometen congojas, y la sangre se me agolpa a las sienes. También suele faltarme la respiración, y se me oprime el pecho.
—¡Oh! —exclamó Felipe algún tanto pensativo—: Eso no es extraño, porque has sufrido una gran prueba y te has salvado casi milagrosamente.
—Hermano mÃo, tienes razón, como por milagro.