JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Pocos momentos hacía que reunidos conversaban con fraternal franqueza, pues sabían que estaban solos, y que si alguno osaba interrumpirles, les avisaría la campanilla de aquella puerta que sin su conocimiento había dejado abierta Nicolasa.

Por lo mismo que desconocían esta circunstancia, contaban con la campanilla, al paso que, como se deja dicho, Gilberto veía a los dos jóvenes y escuchaba cuanto hablaban, gracias a la indiscreción o descuido de la doncella de la señorita de Taverney.

—Es decir —observaba Felipe a tiempo que Gilberto se ocultaba tras una cortina—, que respiras con más facilidad, querida hermana mía…

—Sí, con más libertad, aunque no dejo de padecer.

—¿Y las fuerzas?

—Estoy todavía muy débil, aunque ya he podido acercarme hoy dos o tres veces a la ventana. El aire y las flores me hacen mucho provecho, y creo que aspirándolas nadie debe morir.

A pesar de esto, Andrea, veo que en efecto estás muy débil.


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