JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Nada de eso —replicó el barón—, porque Versalles, a Dios gracias, es bastante grande querida mÃa.
—SÃ, pero Trianón es pequeño —repuso Andrea, que era poco condescendiente cuando alguno discutÃa con ella.
—Es siempre Trianón suficientemente grande para que en él no falte una habitación destinada al barón de Taverney: un hombre como yo es siempre admitido en todas partes —agregó con una modestia que significaba: sabe siempre hacerse admitir en todas partes.
Andrea, poco tranquila por lo inmediata que iba a estar a su padre, miró intencionadamente a Felipe.
—Hermana mÃa —dijo este—: Creo que no formarás parte de lo que, hablando propiamente, se llama corte. En lugar de encerrarte en un convento y pagar en él tu dote, quiere la delfina colocarte a su lado en prueba del aprecio que la inspiras. Hoy no es tan rigurosa e implacable la etiqueta como en tiempo de Luis XIV, supuesto que hay profusión y largueza en los cargos; servirás, por ejemplo, a la delfina, de lectora o de dama de compañÃa; ella dibujará contigo, y acaso no te verán los que sean admitidos a su presencia, sin que por eso sea menor que la suya tu influencia inmediata, y sin que dejes de inspirar envidia a los cortesanos. Esto último es lo que temes, ¿eh?
—SÃ, hermano mÃo.