JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Bah! —exclamó el barón—; no creo que debemos afligirnos por unos cuantos envidiosos más o menos. Restablece pronto tu salud, Andrea, y tendré el placer de presentarte en Trianón como antes, pues tal es la orden que me ha dado la delfina.
—Perfectamente, padre mÃo: iré.
—A propósito —prosiguió el barón—; ¿cómo estás de dinero, Felipe?
—Si lo necesitáis —repuso este—, me parece que no tengo el que quisiera para ofrecéroslo; pero si vuestras palabras expresan el deseo de poner fondos a mi disposición, debo manifestaros que todavÃa tengo para mà lo suficiente.
—No me acordaba de que, en efecto, eres filósofo —dijo el barón sonriéndose maliciosamente—. ¿Y tú, Andrea? ¿Eres también filósofa y nada me pides? ¿Nada necesitas?
—Padre mÃo, temo desagradaros.
—¡Oh!, no lo creas, pues no es lo mismo estar aquà que en Taverney; el rey me ha enviado mil escudos… a cuenta, según ha manifestado Su Majestad. Por lo tanto, piensa en componerte, querida Andrea.
—Gracias, gracias —contestó la joven con alegrÃa.