JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—¡Hola!, ¡hola! —agregó el barón—; he aquí lo que son los extremos; hace poco que nada deseabas y al presente eres capaz de arruinar al emperador de la China. Pero no importa; pide cuanto quieras: el lujo debe sentarte a las mil maravillas.

Esto diciendo, se levantó M. de Taverney, y después de besar a Andrea tiernamente, abrió la puerta de un aposento contiguo al de su hijo, y desapareció murmurando:

—¡Nicolasa maldita! ¿En dónde andará que no viene a alumbrarme?

—¿Queréis que tire de la campanilla, padre mío?

—No, no; por ahí estará La-Brie dormido en algún sillón: buenas noches, hijos míos.

Felipe también estaba ya en pie, y Andrea le dijo:

—Buenas noches, hermano mío: no te ofendas si te despido, pues me siento extremadamente fatigada, como que esta es la primera vez que he hablado tanto desde esa terrible noche.

Al mismo tiempo presentó su mano al joven, quien la besó con fraternal cariño, mezclado de aquel respeto que siempre había profesado a su hermana, retirándose al punto por el corredor y pasando junto a la mampara, detrás de la cual se encontraba Gilberto.


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