JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Desde el sitio más prominente del coto, por cuya cuesta caminaban nuestros tres botánicos, se veía el cuadrado edificio de Luciennes.

En presencia de aquel castillo, de donde había huido, cambió el curso de las ideas de Gilberto, recordándole ideas más agradables, exentas de toda clase de temor. En efecto, iba el último de todos, contaba con los dos protectores que le precedían, y se consideraba muy seguro en vista de su apoyo: contempló, pues, a Luciennes como un náufrago contempla desde el puerto el banco de arena contra el cual se ha estrellado el buque que le conducía.

Provisto Rousseau de un azadón de pequeñas dimensiones, empezaba a examinar el terreno, y lo mismo hizo M. de Jussieu, con la diferencia de que el primero buscaba plantas y el segundo ponía especial cuidado en que no se le mojasen las medias.

—¡Admirable lepopodium! —dijo Rousseau.

—No cabe duda —repuso M. de Jussieu—, continuemos.

—¡Ah! Aquí tenemos la Lyrimachia Fenella, y está en buena sazón para cogerla.

—Pues cogedla, si os complacéis en ello.

—¿Pero qué es eso? ¿No herborizamos?

—Sí por cierto… ¡Pues no faltaba más!, sólo que se me figura que allá, en la meseta de esa loma, hallaremos cosas mejores.


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