JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Los tres partieron al trote de dos buenos caballos daneses, y una hora después se apearon en Bougival, encaminándose al punto al campo hacia la izquierda por el camino de los castaños. Este paseo, bellísimo en el día, era entonces poco más o menos lo mismo, porque la parte del coto que deseaban recorrer nuestros paseantes, convertido ya en bosque en tiempo de Luis XIV, había sido objeto constante de muchas mejoras desde que el soberano prefería a todo la residencia de Marly.

Los castaños de rugosa corteza, de gigantescas ramas y caprichosas formas, que imitan unas veces en sus nudosas vueltas los movimientos de las serpientes enroscándose alrededor del tronco, y otras al toro bravo herido por la cuchilla del matarife y revolcándose en su negra sangre; los manzanos cubiertos de húmedo musgo y los inmensos nogales, cuyas hojas tórnanse durante el mes de junio de verde-amarillas en verde-azules; aquella soledad, aquella pintoresca aspereza del terreno que desde la sombra de los árboles seculares se reflejaba viva y resplandeciente sobre el azul mate del cielo; toda aquella naturaleza exuberante, encantadora y melancólica, abismó a Rousseau en un inexplicable delirio.

Gilberto, sosegado y sombrío, toda su vida reducíase a este pensamiento:

—Andrea va a abandonar el pabellón del jardín para trasladarse a Trianón.


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