JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Y la humedad del bosque? Si herborizamos en los pantanos veo que vuestras magnÃficas medias de seda…
—¡Bah!, ya elegiremos el terreno a nuestro gusto.
—¿Y abandonaremos hoy los musgos acuáticos?
—En cuanto a eso, tranquilizaos, mi querido amigo.
—DirÃa cualquiera que os encamináis a un baile o a una Visita de damas.
—¿Y por qué no hemos de presentarnos con medias de seda a la Naturaleza? —repuso M. de Jussieu con algún empacho—, ¿no es una dama que merece se haga algún gasto en obsequio suyo?
No insistió más Rousseau, pues al oÃr que M. de Jussieu invocaba a la Naturaleza, convino en su interior en que esta merecÃa cuantos honores se la tributasen.
En cuanto a Gilberto, a pesar de su estoicismo, contemplaba a M. de Jussieu con envidia. Desde que habÃa visto realzadas por los adornos las gracias naturales de tantos jóvenes elegantes, habÃa comprendido la frÃvola utilidad de la elegancia, y se decÃa entre dientes que aquella seda, aquella batista y aquellos encajes, sumarÃan nuevos encantos a los que ya poseÃa, y que si en lugar de ir vestido como estaba se presentase como M. de Jussieu delante de Andrea, esta le mirarÃa con toda seguridad.