JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Y qué! —replicó Teresa—, ya que tanto os agrada andar en carruaje, ¿por qué no habéis trabajado para comprar uno, como lo ha hecho M. Voltaire?
—Vamos, vamos —replicó Rousseau.
—Estáis diciendo siempre que tenéis tanto talento como él…
—Yo no he dicho eso —repuso el filósofo amostazado—, lo que digo es… en fin, nada… nada.
Y de pronto toda su alegrÃa desapareció, como le sucedÃa cuando resonaba en sus oÃdos el nombre de su rival. Entró por fortuna en aquel instante M. de Jussieu. Presentóse con el pelo rizado y empolvado, tan fresco y amable como la primavera: una casaca habilÃsimamente trabajada de satén doble de la India con cenefas de color gris, calzón de tafetán, color de lila claro, y medias de seda blanca, extremadamente finas, con lazos de oro, componÃan su elegante atavÃo.
Al penetrar en el cuarto de Rousseau, lo llenó de un exquisito y variado perfume que Teresa empezó a aspirar con avidez y delicia, sin ocultar su admiración.
—Estáis, a fe mÃa, muy hermoso —le dijo Rousseau mirando oblicuamente a Teresa, y comparando con la vista su humilde traje y sus voluminosos preparativos de botánico, con el soberbio porte de monsieur de Jussieu.
—¡Oh!, no —contestó este con cierta negligencia—, he temido mucho el calor.