JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Por fin llegó aquel domingo tan deseado, para el cual habÃa adoptado ya Rousseau sus disposiciones desde el sábado, sacando del armario sus zapatos charolados y la casaca color gris, tan ligera como propia para el abrigo, aunque con gran disgusto de Teresa, que sostenÃa que una blusa de tela era más que suficiente para la tarea que iba a emprender el filósofo paseante; pero este, sin replicar palabra, se habÃa despachado a su sabor, y no sólo habÃa arreglado su traje, sino también el de Gilberto con el mayor afán, agregando al de este medias y zapatos nuevos que le regalaba, proponiéndose sorprenderle.
Rousseau tampoco habÃa olvidado su colección de hierbas y los musgos que en su opinión debÃan representar aquel dÃa un papel muy importante. Últimamente, impaciente como un niño, se acercó más de veinte veces a la ventana para observar si alguna de las carrozas que rodaban por la calle era la de M. de Jussieu, hasta que al fin vio una completamente barnizada con caballos enjaezados con lujo, y a un enorme cochero parado delante de la puerta de su casa. Enseguida corrió a buscar a Teresa, y le dijo:
—Ahà está, ahà está. ¡Bravo! Ya lo tenemos seguro. Después gritó a Gilberto: —¡Daos prisa, que el coche nos espera!