JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿CreerÃais, caballero —continuó el barón pasando el dorso de su mano por la mejilla de Nicolasa, decidido a galantearla aquella noche—, que esta señorita ha venido también del convento con mi hija, que ha recibido alguna educación y que jamás abandona a su ama? Es una abnegación que volverÃa locos de alegrÃa a los señores filósofos que creen que están dotados de alma los señores de esta especie.
—Si no se separa de mÃ, no es por abnegación, sino porque se lo tengo expresamente ordenado —contestó Andrea disgustada.
Entonces miró Balsamo a Nicolasa para observar la sensación que causarÃan en ella las orgullosas palabras de su ama, y conoció por la crispatura de sus labios, que no era indiferente a las humillaciones propias de su clase.
Dejó de reflejarse esta impresión como un relámpago en la faz de la doncella, cuando al volverse con el fin de ocultar sin duda alguna lágrima, su vista se fijó en una ventana del comedor que daba al patio. Balsamo, que al parecer entrevió algún nuevo descubrimiento, siguió la mirada de Nicolasa, y divisó el rostro de un hombre asomado a los cristales.