JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Demonio! —dijo para s×, esto se va haciendo interesante; en esta casa hay, por lo que veo, muchos secretos. No obstante, antes de una hora pienso descubrir los de la niña. Ya sé los del padre, y llevo casi adivinados los de la criada.
El silencio se generalizó durante algunos instantes, y el barón, que lo advirtió, se apresuró a interrumpirlo, diciendo.
—¿En qué pensáis, amigo mÃo? Os ruego dejéis para la cama estas cavilaciones, puesto que el esplÃn es un mal muy contagioso. En testimonio de ello, ved a mi hija, ya está meditabunda; lo mismo sucede a su doncella, y me atrevo a asegurar que ese holgazán que nos ha traÃdo las perdices, anda también haciendo calendarios.
—¿Quién? ¿Gilberto?
—SÃ, señor, ese filósofo del temple de La-Brie. Ya que incidentalmente he hablado de ellos, decidme, barón: ¿sois partidario suyo por ventura?
—Ni partidario ni enemigo, puesto que a ninguno conozco.