JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Mucho me complace que no tengáis trato con esa casta de animales ponzoñosos, pues con sus disparatadas máximas han conseguido corromper toda la monarquÃa. En Francia nadie rÃe ya, sólo se ocupan en leer. ¿Y qué leen? Frases semejantes a estas: «Es imposible que el pueblo sea virtuoso, bajo un gobierno monárquico[4]». «La verdadera monarquÃa, no es otra cosa que una constitución imaginaria, que sólo sirve para corromper la moral y dominar a los pueblos[5]». «Si el poder del soberano no emana de Dios, debe compararse con las plagas y castigos del género humano[6]». Decidme, ¿no os parece que son en extremo halagüeñas estas palabras? ¿Para qué servirÃa un pueblo virtuoso? ¡Ay! Su Majestad lo echó a perder todo desde el momento en que habló con M. de Voltaire, y leyó las obras de Diderot.
Balsamo distinguió entonces el mismo rostro que antes apareció en los cristales; pero se retiró al momento que fijó en él su mirada.
—¿Esta señorita es filósofa también? —preguntó sonriendo el viajero.
—Aun cuando desconozco en absoluto qué cosa es filosofÃa, comprendo que todo lo que es severo y formal es de mi aprobación.
—Sea enhorabuena —exclamó el barón—. Vamos, hija mÃa, nada es tan severo como vivir bien: si asà lo haces, se cumplirán tus deseos.