JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Joven, sosegaos —le dijo Jussieu profundamente herido como un hombre de mundo por el epigrama que Rousseau acababa de lanzar contra la condesa—, se os cuidará bien, y se procurará indemnizaros lo que hoy perdéis.
—Ya lo veis —añadió el filósofo con ironÃa—, M. de Jussieu, un sabio, un admirador de la Naturaleza, uno de vuestros cómplices —continuó haciendo una horrible mueca para reÃrse—, os asegura bienandanza y fortuna: podéis contar con ambas cosas porque M. de Jussieu es hombre de grande influencia.
Y diciendo estas palabras no pudo contenerse por más tiempo: saludó a las damas y a M. de Jussieu al estilo de Orosma, y sin mirar a Gilberto salió majestuosamente del pabellón.
—¡Jesús! ¡Qué animal tan feo es un filósofo! —dijo Chon con la mayor tranquilidad contemplando al ginebrino que bajaba o más bien huÃa por el sendero.
—Podéis pedir lo que os acomode —dijo M. de Jussieu a Gilberto que continuaba aún con el rostro entre las manos.
—SÃ, sà señor Gilberto —agregó la condesa sonriendo con la mayor amabilidad al discÃpulo abandonado.
Este irguió su pálida frente, apartó los cabellos que el sudor y las lágrimas habÃan pegado a su cara, y respondió algo más sosegado: