JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—No, ciertamente, querida condesa, pues conozco que tenéis graves motivos.

—Eso es lo que me impacienta contra vos, mariscal.

—¿Conque en mí también hay algo que os desagrada?

—Sí.

—Vamos, ¿y qué es?, tened la bondad de decirlo; pues, aunque soy demasiado viejo para enmendarme soy capaz de hacer los mayores esfuerzos por agradaros.

—Mariscal, lo que me disgusta es que no sabéis una palabra de la cuestión que me ocupa.

—¡Oh! Sí.

—¿Con que sabéis lo que me tiene desesperada?

—¿Cómo he de ignorarlo? Zamora ha roto la fuente chinesca…

Una imperceptible sonrisa vagó durante un momento por los labios de la joven; pero Zamora que se reconocía en efecto culpable, bajó con humildad la cabeza, pareciéndole que las nubes del cielo iban a descargar sobre él una horrorosa tormenta de soufflets[26] y papirotazos[27].

—Sí —repuso la condesa suspirando—; sí, duque, tenéis razón; eso es, y no hay duda de que merecéis la calificación de hombre fino en política.

—Señora, siempre he oído asegurar eso mismo —replicó Richelieu con la más hipócrita modestia.


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