JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Condesa, os despacháis a vuestro gusto, pero yo necesito que me dejéis respirar. ¿En qué quedamos?
—En aquel… y sin embargo.
—Efectivamente: pues bien, y sin embargo, no sólo sé que Su Majestad no ha venido aquÃ, sino que sé la causa.
—Siempre os he tenido por brujo, amigo duque, y sólo necesitaba una prueba.
—¿S� Pues voy a dárosla.
La condesa, que daba a aquella conversación más importancia de lo que querÃa demostrar, abandonó la cabeza de Zamora, cuyos ásperos rizos manoseaba con sus blancos y delicados dedos.
—¡La prueba!, la prueba, duque —prorrumpió.
—¿En presencia del señor gobernador?
—Vete, Zamora —dijo madame du Barry al negrillo.
Este dio un brinco y se plantó en la antesala loco de alegrÃa.
—Está muy bien —murmuró Richelieu—, pero, condesa, es necesario que lo sepáis todo.
—¿Conque os estorba ese mico de Zamora?
—Para decir la verdad, siempre me estorba alguno.
—Alguno… ya se supone; ¿pero es Zamora alguno por ventura?